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EL SEGUNDO RODEO

Este proyecto no fue una reforma más. Para mí, este segundo Rodeo supuso uno de los mayores retos a los que me he enfrentado como diseñadora, tanto por la dimensión del espacio como por el punto de partida. Un nuevo Rodeo, sí, pero con una complejidad mucho mayor, donde el diseño debía ir mucho más allá de lo estético para construir identidad, experiencia y emoción.

El estado inicial del restaurante poco tenía que ver con lo que hoy se vive al cruzar sus puertas. Me encontré con un local grande, muy grande, pero completamente desdibujado. Un espacio sin alma, con una estética antigua, descuidada y una distribución que no invitaba a quedarse. Techos sin protagonismo, mobiliario básico, acabados deteriorados y una sensación general de abandono que hacía difícil imaginar el potencial real del lugar. Nada conectaba con el universo Rodeo ni con la experiencia que quería crear.

Y, sin embargo, ahí estaba el verdadero reto: ver lo que aún no existía.

Desde el primer momento tuve claro que no se trataba de una simple actualización. Había que rediseñar absolutamente todo. Repensar el espacio desde cero, replantear recorridos, crear zonas, dotar de carácter cada metro cuadrado y, sobre todo, trasladar la esencia de Con Aires de Rodeo a un escenario mucho más ambicioso. Este segundo Rodeo debía sentirse como una evolución natural, nunca como una copia. Tenía que ser más rotundo, más envolvente, más experiencial.

La superficie y la altura del local exigían una estrategia clara. No quería un gran comedor plano y homogéneo, sino un restaurante que se descubriera poco a poco. Por eso, uno de los pilares del proyecto fue la creación de ambientes distintos, pequeños rincones dentro de un gran espacio. Lugares donde comer, cenar o celebrar, cada uno con su propia atmósfera, pero todos conectados por un mismo lenguaje estético.

La madera oscura, especialmente el nogal, se convirtió en el hilo conductor del diseño. La utilicé en pilares, revestimientos, mobiliario y detalles, aportando profundidad, elegancia y una sensación envolvente que transforma por completo la percepción del espacio. Frente a la frialdad del estado original, la madera introduce calidez, peso visual y carácter. Es una madera que abraza, que arropa, que invita a quedarse.

Uno de los elementos más representativos del proyecto es la barra, revestida en acero corten. La barra deja de ser un elemento secundario para convertirse en un punto focal del restaurante, un lugar de encuentro, de espera, de conversación. Su presencia aporta fuerza, identidad y una clara referencia al mundo del fuego y la brasa.

Uno de los grandes protagonistas del espacio es la urna de cristal del rodizio. La diseñé y fabriqué a medida como un auténtico escaparate de la esencia Rodeo. La carne, el proceso, el ritual del asado… todo queda a la vista. El cristal permite observar sin interferir, convirtiendo la cocina en parte del recorrido visual del cliente. Aquí, la gastronomía se muestra con orgullo, reforzando la experiencia y conectando directamente sala y cocina.

Los baños también fueron completamente reformados y pensados como una extensión más del diseño del restaurante. Los trabajé con el mismo cuidado y la misma coherencia estética que el resto del proyecto. Materiales nobles, iluminación cálida y una atmósfera envolvente hacen que incluso estos espacios transmitan calidad y atención al detalle. Porque un proyecto bien hecho se nota también en lo que normalmente no se ve.

A lo largo del restaurante, el diseño va generando rincones especiales. Mesas más resguardadas, zonas más abiertas, bancos corridos, mesas redondas, separaciones vegetales… Cada área propone una forma distinta de sentarse y de vivir el espacio. Pasear por el restaurante es descubrirlo poco a poco, encontrar ese rincón donde apetece quedarse, donde la luz, los materiales y la disposición invitan a disfrutar sin prisas.

La iluminación juega un papel fundamental en esta experiencia. No solo ilumina, sino que acompaña, envuelve y define. Luces cálidas, lámparas con presencia, puntos estratégicos que resaltan materiales y crean atmósferas acogedoras. De día o de noche, el restaurante mantiene siempre esa sensación de confort tan necesaria para que el cliente se sienta a gusto.

El contraste con el estado inicial es total. Donde antes había un espacio sin identidad, hoy hay un restaurante con alma. Este proyecto es una transformación radical, fruto de muchas decisiones, de un proceso largo y exigente, y de una visión muy clara de lo que quería contar. No se trataba solo de diseñar un restaurante bonito, sino de construir un lugar con carácter, coherente con la marca y capaz de generar recuerdos.

Este segundo Rodeo no es una repetición, es una evolución. Un proyecto que demuestra que el interiorismo tiene el poder de cambiar por completo la percepción de un espacio y de elevar la experiencia gastronómica. Hoy es un lugar que se vive, que se recorre, que se disfruta. Un restaurante que invita a volver.

Y eso, al final, es lo más importante.

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